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Caranx.net

Web y tienda on-line especializada en la pesca a spinning, popping y jigging en el mar

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Aguas menos saladas, más bien dulces diría

Después de varios lustros dedicados a la exploración de los siete mares este servidor esta vez vuelve a sus origines, aún volando lejos para recuperarlas. Dentro de poco estaré oliendo los perfumes de la foresta del Borneo, en Indonesia, quizás observando un Orangután que se columpia desde una rama u observando un pájaro raro cazando en la orilla.

Aún distraído por la que será seguramente una belleza abrumadora no dudéis que estaré lanzando señuelos por todas las esquinas  en búsqueda de una de las cientos de especies, con genética de asesino, que querrá atacarle. Hay bichos que nunca he pescado en mi vida y muchos que nunca he visto y que ni siquiera sé como se llaman, será como una especie de atracón de novedades que intentaré traer para casa en formato digital.

Vamos a grabar un documental para la tele italiana, por lo tanto de trabajo se trata, y aún así una pasada de curro. Esas son las cosas que te recuerdan porque te metiste en este negocio a menudo poco agradecido. Os saludo que tengo todavía que cerrar la maleta, tendréis noticias mías a la vuelta.

Una historia, si se me permite

No había dos días diferentes en su vida. El Lunes era igual al viernes y cada martes se parecía al miércoles siguiente, como si el calendario se repitiera en bucle, una especie de día de la marmota pero en aburrido y sin la chica guapa. Una existencia llana tiene sus ventajas, no hay riesgos, ni estrés, ni emociones peligrosas que humedezcan la frente con gotas de sudor frío, el del miedo. Solo el sábado, o algunos de ellos cuando le dejaban, podían alterar ese orden perfecto del tedio. Eran aquellos fines de semana en los que podía sacar la caña del trastero y marcharse en santa paz hacía sus paraísos remotos donde solo el conseguía llegar, lejos de la horda barbárica, autóctona o forastera, poco le importaba.

Rehuía de sombrillas, radios a todo trapo, cañas de fondo lanzadas al azar y voces que no siempre se entendían. Se sentía como un lobo acechado por los sabuesos y obligado a retroceder metro tras metros en búsqueda de su libertad, o su vida, que más o menos para el era lo mismo. Tenía los pantanos medidos meticulosamente, era el hombre GPS sin saber ni como arrancar uno de verdad, una especie de James Cook del siglo veinte y uno, cartógrafo de excepción, allí donde los haya. El suyo lo tenía metido entre las orejas y lo ponía al día cada vez que en el último rincón libre encontraba un alma que se lo había violado. Pasaba y seguía en su búsqueda de la absoluta solitud. Un gran trabajo de voluntad y de piernas, pero el estar solo merecía pleno esfuerzo, y algo más.

A cada recula daba un nombre, un acantilado se llamaba “Esmeralda”, por el color del agua que le dibujaba, o esa playa somera moteada de algas era “la sencilla”, porque le resultaba fácil llegar allí después de haber cruzado medio monte. Nada más le molestaba que una pisada en la arena o el barro de su nuevo edén. Saber que algún bípedo humano, aún buscando setas, hubiese alcanzado llegar hasta ese rincón olvidado por hombres y dioses le hervía la sangre e incluso cansado después de dos horas atravesando el campo se volvía a marchar anhelando terreno virgen. Así hubiese seguido hasta completar el círculo y volver a encontrarse en el punto de salida – mejor volver a casa que aquí no queda espacio – pensaba arrancando el coche, y se marchaba, víctima de su obsesión enfermiza.

Encontrar tierra virgen en el año 2013 es asunto de psicoanalista más que de pescador aventurero, y la que pagaba el pato era su cabeza, cuya serenidad y despeje iban de la mano de la solitud que conseguía encontrar, o que se le escapaba sábado si y sábado también. Las fuertes lluvias del invierno le ayudaban un poco en su perturbadora tarea, el agua que todo se lleva borraba las manchas dejada por domingueros errantes y su alma se apaciguaba al llegar y encontrarse sin el rastro de quien allí había estado a lo mejor solo dos días antes. Podía imaginar que era una ficción, que la realidad no era la que el suelo aparentaba – así de limpio de huellas – pero en su cabeza ese aspecto tan impoluto sonaba a gloria, y sin rechistar se dejaba engañar.

Aún así, de vez en cuando su sueño se cumplía como el de un niño la noche de navidad, y podía relajarse en aquella extraña situación en la que pocos – creo – nos hemos encontrados. Solitud de verdad, sin nadie alrededor y nadie que haya pasado o vaya a pasar por ese lugar encantado en mucho tiempo, o poco, ¡qué más da! Disfrutaba de su logro de tal manera que hasta tenía que sacudirse un poco la cabeza para recordar la razón primaria, primitiva y primordial por la que se había pateado medio condado para llegar allí.

Montaba entonces la caña, una reliquia que llevaba consigo desde la adolescencia, montada en un blank Lerc – francés – ahora probablemente extinguido. Se trataba de una telescópica color anaranjado, con unas anillas que probablemente sufrían el roce de un trenzado más que una papel de fumar y un mango enrollado en un cordaje de algún material que desconocía. Había sido el regalo de su mejor amigo veinte y cinco años atrás, antes de que se estrellara con su moto en un muro que se había llevado más vida que la peste, y que todavía seguía allí, monumento de esa curva funesta. Todavía se podía leer la firma del ingenioso compañero, y según el día se alegraba de verla o menos. El sol estaba ya alto. Es lo que pasa si tu búsqueda del aislamiento prevalece sobre la del momento mágico del alba, y se pone uno en pesca cuando puede, no cuando debe.

Le parecía interesante la recula, las hierbas todavía verdes debajo del agua delataban una subida reciente del nivel y los primeros ascensos de temperatura que trae Marzo le indicaban que allí podía todavía encontrarse alguna madre cansada que aprovechaba los rayos del sol para recobrar fuerza después de las placenteras – ¿placenteras? – pero agotadoras tareas de la maternidad. Si es que de maternidad se trata. Un paseante. Eso es lo que va a enganchar al bajo de acero, la subida del agua está cubriendo una playa muy somera por lo tanto, hasta donde pueda llegar su lance no va a ser más hondo de un metro o metro y medio como mucho. Si hubiese una bestia feroz por allí podría decidir atacar en superficie, ¿y qué mayor gozo para completar un día de huraño y en un lugar donde los Lucios raras veces hayan sido molestados por el hombre?

Puso los pies a remojo, le gustaba sentir el agua acariciar sus botas de goma y disparó. En ese momento se sentía como Armstrong cuando apoyó la suela en la superficie lunar, en ausencia de gravedad. Tardó menos de tres vueltas de manivela para darse cuenta que sus arriesgadas teorías algún fundamento tenían, y el agua se abrió para dejar espacio a las fauces de un lucio descomunal, que asomó lomo y cola para atentar a la vida – si la hubiese – del paseante. Si de segundos se trató no se dio cuenta, desde el momento de la picada hasta que logró acercar la acorazada a la orilla, su reloj mental empezó a ir al ralentí y cada instante le pareció una hora.

Al preguntarle alguien  - pero nadie nunca lo iba a hacer porque no le gustaba contestar a ese tipo de preguntas y se ponía muy borde – hubiese dicho que la lucha había empezado a la once de la mañana y acabado cuando el sol se escondía detrás de la sierra. Extasiado por la feliz coincidencia de los astros logró meter mano al opérculo de la matriarca y levantarla, casi sin creer en lo que le estaba pasando. Llevaba consigo una pequeña compacta con un mini trípode y se apresuró para colocarla encima de una piedra, ajustar el temporizador y ponerse agachado delante de ese aparato que congela el tiempo y te devuelve los recueros con solo pulsar un botón.

Se aseguró de que por lo menos una foto hubiese salido lo suficientemente bien para enseñarla a su mecánico, que siempre le toma el pelo por sus absurdas estampidas hacía el mundo perfecto, donde cada hombre está solo. Con atención quitó el señuelo de la boca del pez que con paciencia se sometía a esa operación sin anestesia, y enseguida acercó el morro del animal al agua, para devolverlo. Antes de aflojar la presa lo intentó levantar una vez más, y al ver que no podía se dio cuenta de su tamaño. Escaneó su cerebro por un buen rato buscando recuerdos de semejante aparato y el resultado fue paupérrimo, en sus anales no había ni un lucio con tal cabeza y que pesase tanto hasta costarle mucho levantarle. Puso la caña paralela al cuerpo del bicho y le midió, una vez en casa hubiese comprobado la longitud con el metro. Iba de la anilla de la puntera hasta casi el mango y en una caña de cerca de dos metros esto es mucha tela.

Le soltó y le estuvo observando mientras atontado y sorprendido se quedaba mirando hacía la orilla manteniéndose suspendido con un ligero movimiento de las aletas pectorales deslizando lateralmente – como un avión que se prepara para hacer un quiebro – hasta finalmente ganar profundidad y desaparece de su vista. Ya eran las once y pico de la mañana, pero le parecía que fuese casi de noche y se apresuró en volver por su senda recién trazada. No estaba seguro de estar allí, ni siquiera de haber estado en ese lugar, no sabía si se había levantado aquella mañana, le faltaba el sabor del café en la boca y su cabeza giraba alrededor de aquellos indefinidos instantes que habían enmarcado la captura. Si era un sueño lo había disfrutado como la vida misma cuando te mima con cariño, y si hubiese sido realidad será la cámara que se lo recordaría al día siguiente.  Ahora tenía prisa de volver a casa, o dejarse engullir por el sueño más profundo, lo que terciase, no estaba seguro. Siguió caminando hasta que divisó el coche, tenía aparcadas al lado tres furgonetas y en la orilla unas familias celebrando el sol primaveral con vino y  manjares de la tierra y las cañas echadas rebuscando algo que probablemente no iba a aparecer.

Arrancó el automóvil y miró la hora y el día, todo cuadraba. Se miró en el retrovisor y le escapó una sonrisa, “las niñas – dijo – estarán encantadas de verme volver tan pronto. A lo mejor me las llevo al cine, así soñamos juntos un poco “. Puso la marcha y pisó el acelerador, recubriendo de polvo el espejismo que se había dejado atrás, seguro que un día volvería. Si los bárbaros no llegaban a conquistarlo, volvería.

Concurso “Edita la foto” de Caranx.net

Muy bien, ha llegado el momento de valorar las fotos que han llegado para el concurso. Aquí abajo las tenéis pero no sabéis quien es el autor de cada una, en fin lo podéis descubrir pero no a través mío.

Lo que tenéis que hacer es valorar cada imagen según vuestros propios gustos, pero habría que tener en cuenta algunos factores importantes, es decir, los que yo, como fotógrafo, tendría en cuenta. Cuanto una foto es realista y cuanto se aleja de la realidad, en ambos casos un elemento que puede restar o añadir puntos, la saturación del color, la horizontalidad, el ruido, los artefactos que se podrían haber generado por un tratamiento demasiado agresivo, la nitidez etc.

Son detalles que a lo mejor muchos no aprecian o que desconocen por completo por lo tanto, si vuestros conocimientos técnicos son limitados mejor que votéis aquella imagen que más os llame la atención, que os guste o que despierte algo en vuestro corazoncito.

El trato es que también mi voto vale e que con vuestra colaboración sumará puntos para elegir el ganador. El premio será un bono de compra de 30€ en la tienda que podréis gastare a lo largo del verano, un señuelo Molix sin cargo y una gorra Caranx.net que tengo recién horneadas.

Para votar simplemente escribir un mensaje en esta misma página poniendo el número de la foto que habéis elegido o en la página de Facebook de Caranx.net en el post abierto sobre el concurso.

Niños y gruñones

Lo peor para un hombre mayor es tener amigos jóvenes, porque al final la paliza que te llevas es de las que dejan huella. Tres días con Paquito y Vincenzo matan a cualquiera, imaginad a un pollo que pasa del medio siglo y que está en la desesperada búsqueda de su zen. Al mismo tiempo se agradecen esas gentiles patadas en el culo que te hacen mover el esqueleto amén de que al Paquete le hacen falta unas horas de meditación y de relajación para quitarse el estrés que lleva en el alma, ya que el del cuerpo no tiene remedio. Venga, vamos. Vamos, venga.

En fin, gruñón me apodan, claro, como no va uno a serlo con semejante manad de ñus en estampida. Que si es tarde, que lentos sois en levantaros, que perdemos el momento bueno, que venga vamos, que vamos venga, que está el día muy malo, que no podemos salir, maldito poniente, que la mar está mal, que a ver donde vamos a pescar, ¡jope que picada!, ¡como mola este bicho!, ¿es grande no?, vamos a seguir que la pesca está bien, uuufff la pesca fatal, mejor volver a puerto, aquí no se saca nada, ¡que lubina más bonita!, ¿y eso que tira tanto que es?…. En fin acaba uno molido. Venga, vamos. Vamos, venga.

Lo cierto es que en el Estrecho un bicho siempre se saca. Paquito sigue creyendo que es por merito suyo, la realidad es que Vincenzo y yo somos muy buenos pescadores y al final siempre apañamos algo, pero ¿cómo se lo dices al nene, con lo susceptible que es? Así que le aguantas la vela y a decirle lo bueno que es llevando el barco, que bien se conoce los sitios y todo el rollo que sigue. Lo que hay que hacer para que te lleven a pescar… Siguiendo, allá vamos, con un poniente que se empeña en quitarme los cuatro pelos que me quedan en la cabeza y la mar que desde luego ganas de recibirnos tiene poca. ¿Será por sitios? la bahía de Algeciras es mu’ grande y siempre hay un rincón donde meterte para mojar señuelos. Venga, vamos. Vamos, venga.

Pero no hay que dejar de intentarlo, los Bonitos ya están allí y todavía la mar aguanta, vamos, nos mojaremos pero tampoco es nada del otro mundo, a parte por Vincenzo que se empeña a venir al Estrecho como si estuviese en el desierto, sin un mísero chubasquero. Así se pone de malo cada vez, parece que le tiene alergia a la tierra de Cái (Cadiz para los que no hablan andalú).  Ná, muchos pájaros haciendo que están siguiendo peces pero no se ve ni una aleta mayor, un salto o una ataque. Pal resguardo vamos. Venga, vamos. Vamos, venga.

Allí cada loco con su tema, Vins con el casting y una nueva cabecita plomada de Decoy que parce una decoración de Navidad, el Paquete con un Jugolo, Mario en puro estilo rockfishing con cabezas plomadas y vinilos y servidor empeñado en probar su nuevo montaje con el plomo drop shot en la cabeza de la Virago de 4″. Pim pam, pim pam, Vincenzo empieza a sacar distancia. Lamadrequeloparióalniñocomopesca. Una máquina, y los demás detrás con Francisco Javier atosigando a Mario que se queda en el timón y otro italiano dale que te pego buscando fondo y el animal. Venga, vamos. Vamos, venga.

De como funcionó la Virago hablamos la semana pasada pero no ha sido el único vinilo que ha ganado puntos, sino que también la RA Shad de 4,5″ también. Lo que extraña es que hasta una Baila de 25cm se la ha embuchado y eso si que es raroraroraro. Mis montajes favoritos han sido el de la bolita de drop shot y con la OMTD T-Power Finesse jig head, muy bonita y elegante, amén de ser eficaz pero en plan burro también he probado una Racing Jig Head de Molix de 1/2oz y aún así he pegado Bailas con la RA Shad. Venga, vamos. Vamos, venga.

El día siguiente, después de la orgía de goma he vuelto al plástico rígido y lo he hecho con uno de mis artificiales favoritos (id apuntando, son el Piper, RA Shad, Virago, SV Craw, Trago vib, Punitor, WTD 110, Habano y…) el Finder 110. El engendro ese aparte de lanzarse más que decentemente a pesar de su escaso peso, nada como pocos. Así es, servidor a menudo lo mete en el agua a tres metros de la quilla y lo mueve solo para ver como se menea, no hay cosa igual en el hemisferio norte. Lance y picada. Mecagienlamarsehasoltado. Siguen más lances hasta que llega la primera baila, luego otra y finalmente en el punto X del lugar Y empieza el festival. Muchas picadas muchas a cualquier señuelo cualquier, con dos Finder 110 que cosechan  amistades con o sin puntitos, y la tripulación que explota de felicidad. Venga, vamos. Vamos, venga.

El día se acaba en gloria, en otro “honey hole” de donde salen peces como conejos de una chistera. No paro de sacar Sea Bass y hacer fotos, hay tal confusión a bordo que hasta yo dejo de gruñir, casi se me escapa una sonrisa pero me doy cuenta a tiempo y me doy la vuelta, para que nadie me vea. Ya sabéis, un mito se destruye en dos segundo y no es cosa ¡con lo que cuesta construirlo! Venga, vamos. Vamos, venga.

Hasta la próxima nenes insoportables. Besos del gruñón.

Machote como una Virago

¿Lo dije o no que iba a intentarlo? Pos si, y a la primera ocasión que se me presenta dejo de lado mis amados señuelos rígidos, más sencillos de usar y que no requieren montajes atrevidos, y ato al bajo una Virago de 4″, con un montaje que aprendí de un amigo pescador de bass y que, según me comenta, funciona muy bien con ese señuelo.

Lo que ocurre es que la Virago cuesta dinerito porque como vinilo se sale un poco del montón. Amén de estar pintada a mano, la jodía esconde en su vientre una cámara de aire, por lo tanto, al montarla con una bola de drop shot en la cabeza baja bien y en cuanto toca el fondo se queda así, con la cola para arriba, gracias al aire en la barriga, y el morro para abajo.

Debe de parecerse y mucho a un pez pasto que está comiendo distraído, a su bola vamos, porque la primera picada casi me quita la caña de las manos. Ya entendéis, uno empieza a probar una cosa nueva y no sabe que esperarse, a lo mejor se tira todo el día pegando lances sin ver un toque, ni de una cabrilla borracha. Pasa, claro que pasa. Por lo tanto, al llegar el leñazo me quedo algo atontado pero no lo suficiente para no reaccionar a tiempo, y eso que ya soy mayor, con canas y la memoria que va como una Trabant del ‘61. Clavada rápida y sube para el barco una bonita Lubina, nada de trofeos, simplemente bonita. ¿O es que hay alguna vez que una Lubina no sea bonita?

No se queda allí la cosa, animado por el resultado sigo en mi tarea y de repente tengo otra picada, esta vez aún más contundente. Parón, un segundo de reflexión y parte el animal como un…un… pues animal, eso es. Primera carrera y ese ser misterioso no quiere detenerse, parece tener reservas por un tubo (o dos) y sigue sacando hilo de manera preocupante. Entre manos tengo una varita de 1/4oz, es decir siete míseros gramos, hilo de 10lb y un bajo de 19lb. Ligero pero seguro, poder voy a poder, así creo. Si solo parara. Pues lo hace pero no parece contento de la situación y arranca de nuevo; empiezan las especulaciones sobre quién va a estar al otro lado del hilo. Casi acierta Paquito, aún no al 100% pero se acerca. Cuando llegamos a verle casi nos da un susto, creíamos que era una especie nueva, desconocida, hasta que finalmente asomó el lomo y pudimos ver que se trataba de un Estornino. Por cierto, el más grande visto hasta la fecha, por lo menos el doble de tamaño del que cualquiera de nosotros hubiese sacado nunca.

Con el mismo montaje arreglo un SV Craw, un cangrejo de Molix que me encanta y vuelvo a bajarlo hasta el fondo. Dura poco el invento y al rato sube dentro de la boca de un cabracho entrado ya en edad de marido – o mujer, vete tú a saber el sexo de esos bicho con todos los pinchos que tienen – para hacer la foto hay que sacarlo o no se ve, aquí lo tenéis. En el día y medio siguiente he probado más montajes interesantes que han ofrecido resultados igualmente llamativos y de los que iremos hablando pronto. De momento os recomiendo ir probando cositas nuevas con los vinilos, hay un horizonte abierto para la pesca en el mar y sorpresas por doquier. A currar nenes, que ha llegado – más o menos – el verano. Si deja de llover, eso es.

Así de gordas

Me esperaba un domingo de Lucios, o esto pensaba yo sin saber que los ríos de “mi zona” seguían más arriba de lo deseable, amén de imposibles de vadear y consecuentemente pescar. Levanto el teléfono y llamo a Jorge, recién contratado como guía oficial de pesca para bichos raros. Le cuento la peli, que tengo dos amigos italianos con los que quería ir a pescar y si se le ocurría un sitio donde poder ir a por Lucios cerca de los Madriles.

Para que os pongáis en situación Jorge – ese desgraciado – es el que me había calentado la cabeza la semana antes con las Carpas y que, después de ponerme como una moto me había dicho, el muy delincuente, que este finde no podía ir de pesca, y por consecuencia llevarme a sus cotos de ciprínidos. Resulta pero que sus planes habían cambiado y que de repente el domingo se había quedado libre y se ofrece para acompañarnos a cazar exocidos y ciprínidos en partes iguales, para que toda la peña se quedara a gusto.

Le levanto el castigo pero sigue siendo un delincuente, por lo que sigue a esta excursión de domingueros. Ya veréis. Finalmente me da las coordenadas para quedar y nos presentamos a las ocho de la “mattina”, horario de pesca ultra cómodo, en el lugar establecido después de haber soplado para la benemérita que nos para en una rotonda algo absurda. Menos mal que el Pinot Blanco catado la noche anterior ya había seguido el recorrido natural sin dejar rastros en mi aliento. Se sube el hombre al coche, y le presento mis amigos italianos, Nicola (vaya, y eso que es un nombre raro en Italia) y su hijo Noam. La conversación se anima y los ánimos se van calentando, un par de tostadas en el desayuno ayudan a recuperar también fuerzas y la compañía se asoma a orilla de embalse.

Bajamos del coche y lo primero que vemos es un gran alboroto en una recula somera. Carpas, dice este servidor, pero los otros no están convencidos y vamos para allá armados para lo peor, o mejor que se diga, en fin para ver si se trataba de depredadores haciéndoles pupita a los alburnos. Carpas apunto. Felices diría, por estar en aquel singular momento anual en el que por H o por B consiguen hacer algo de sexo, un poco come muchos hombres casados… Nos ponemos a faenar en zona y no hay suerte, en la caja de señuelos para Lucios solo tengo uno que podría apetecerle a uno de esos bicharracos potencialmente carnívoros y es un SVCraw, que inmediatamente pongo. La cosa no cambia, y nos movemos.

La mañana sigue algo llana, no hay un aliento de viento ni emoción alguna pero el embalse está absolutamente espectacular, rodeado de verde y con buen nivel. Nos pateamos media orilla hasta llegar a otra zona de aguas muy bajas donde se vuelve a repetir el espectáculo de las Carpas enamoradas. Se vuelve a intentar y la suerte no parece hacerse un hueco en la mañana soleada. En un momento dado se me ponen esos de corbata porque una carpa tamaño escarabajo (el de Volkswagen) sigue al SVCraw con cierta mala leche, luego se da la vuelta y me deja con mi acojono a medias. Estoy a punto de tirar la toalla cuando en un palmo de agua meto el bicho delante de otro hipopótamo que esta vez no duda un segundo en atacar y carga sobre el vinilo embuchándolo. Hasta que el Alzheimer me prive de mis recuerdos seguro que no olvidaré ni ese momento ni esta visión. Clavo, que no hay tiempo que perder, y en un segundo me encuentro con un TIR que empieza a correr y llevarse metro de 30lb y doblando mi caña de casting de 1 1/2oz como la antena de un 127 Abarth. Lucho como un hombre y me la llevo hasta la hierba, feliz como un niño con zapatos nuevos (y piruleta). Fotos, felicitaciones y a comer, que la peña está hambrienta.

Por la tardecita, que va a ser larga y calurosa, vamos a probar otro “spot” de Jorge, y entre rumanos con sombrillas y cañas y familias con monovolúmenes y neveras entramos en el agua: turbia, mecagienlamar, un suceso infeliz para los pescadores de spinning con vinilos. Nuestro guía se estrena con un gorrino así de grande y gordo y le crujo a fotos, Nicola engancha otra por aquello de que el señuelo se encuentra en la trayectoria de la aleta dorsal y avanzamos en la esperanza de que otra se deje seducir. Le veo yo poco futuro a los vinilos, y abierta la caja de los señuelos pequeños saco mi talismán, el Piper color Black/Gold. Recomienza la faena, me alejo de la orilla avanzando en la recula que cubre muy poco.

Al rato tengo una picada estilo trópico duro y veo el lomo de una común que se asoma fuera del agua y el carrete que empieza a soltar hilo como alma se lleva el diablo. He cambiado de caña, tengo una de black bass de 3/4oz con un trenzado de 10lb y un bajo de 18, en fin no exactamente algo recomendable para amarrar porta aviones. Zzzzzzzzzzzzzzzz suena el molinillo, zzzzzzzzzzzzzzzzz y un poco más de zzzzzzzzzzzzzzzzz. La bicha se me ha llevado 50 o 60 metros de hilo y se mete entre unas ramas, pero sale. Aguanto la respiración pero no, hay más peligros en el horizonte y la segunda rama pone punto y final a la historia. Mecagoentodoloqueflota y vuelvo a lanzar. En menos de 5 minutos estoy otra vez liado, otro tren de mercancía que se suelta bastante rápido. Ando más mosqueado que un venado en una montería y reanudo el quehacer: al poco tercera picada. Esta vez es una royal que me hace sudar la gota gorda pero con final feliz, o en parte, la sacamos pero viene robada y a mi modelo se le escurre después de una sola foto. Habrá que volver a empezar de nuevo. Sigue soplando una ligera brisa, seguramente de gran ayuda para que las Carpas se pongan más agresivas y al poco tiempo otra picada. Se arma la gorda y los minutos pasan rápidos pero cuando finalmente la consigo ver, el Piper está bien enganchado en los morros carnosos y es una preciosa común. Aquí tenéis las fotos.

Tengo varias picadas más, una también al Jubarino pero se sueltan todas, el viento cae y la tarde finaliza. Solo Jorge se hace con otro animal considerable, pero ha llegado el momento de volver a Madrid. ¿Qué decir de esta experiencia? Seguro que algún que otro purista estará torciendo la nariz así como hace unos años los puristas de la mosca no veían de buen ojo los colegas que se perdían tras los ciprínidos. A mí me parece estupendo que haya un depredador más que añadir a la lista y sobre todo uno que llegue a semejantes tamaños y luche como ningún otro pez de agua dulce que nade en nuestras aguas. Para mi este es solo el principio de una historia de amor con las gorditas de los pantanos, os invito a probar, a lo mejor lo pasáis bien.

De pesca

Nenes, me he cogido tres días y me he ido a pescar en la herida que separa dos continentes. Serán días de risa, buena comida, pesca y fotografía, con dos buenos compañeros de muchas aventuras y que todavía aguantan al viejo gruñón. Si salen peces va a ser perfecto, sino poco le faltará. Llevo conmigo kilos de vinilos, cabezas plomadas de todo tipo y dos cañas de casting para entretenerme con esta modalidad que me gusta muchísimo y que siempre más suelo practicar en el mar.

A la vuelta os contaré como ha ido las cosas, podéis seguir algo en la página de Caranx en Facebook, por la noche, a la vuelta del día de pesca a lo mejor habrá reports en tiempo (casi) real.

Abrazos a todos, nos hablamos (escribimos) pronto. Nicola

Así de dulzón

Seguro que me vais a entender – o eso espero – no sea que alguien se vaya a creer que soy la Carmen Lomana de la pesca pero en fin, esto es algo fútil, que a lo mejor hasta podía haberme ahorrado, pero no lo hice.

Llevo la friolera de casi veinte años hablando de la pesca con señuelos en el mar, pescando en el mar, por todos los mares de este bonito planeta y soy un asqueroso afortunado por haber podido disfrutar de lugares tan lejanos y exclusivos y más o menos pelear con casi todos los peces que se puedan engañar con un señuelo, o una mayor parte de ellos. Hasta aquí vamos bien, sigamos. Lo que ocurre es que a veces le entra a uno el gusanillo de probar algo nuevo, no que lo hecho hasta hoy sea repetitivo o poco interesante pero como pica y pelea un GT más o menos me lo sé, una Barracuda igual y una Anjova también. De hecho los GT por ejemplo han caído muy abajo en mi lista de peces favoritos, y los cambiaría por bichos de colores, quizás más pequeños pero por lo menos más agradecidos delante de la cámara.

Volvamos al taco que se me va la pinza.

Sin duda hay algunas especies de las que no me cansaré nunca, las Cuberas, los Meros de colorines, los Dientes de Perro, los atunes…no los atunes no que ya estoy mayor para ellos, las Lubinas y algún que otro más. Mañana mismo me embarco para ir a molestarlos pero – es que hay un pero – pudiendo elegir, que no es el caso pero aquí trabajamos de imaginación, a lo mejor me iría a ver otro patio. Me explico mejor. Ese agüita dulce que nos da la vida lo tengo abandonado casi por completo, son años que como mucho le meto un gol a un Lucio borracho y resulta que por este mundo tan húmedo, hay miles de especies diferentes con mirada de asesino y unos piños así de tochos que meten viajes a cualquier señuelo les pase por delante.

Eso es, Fishbase te cuenta que en España, entre autóctonas y alóctonas hay unas 102 especies de peces de agua dulce,  en Indonesia ya son 1193 y en Brasil superan las 3000. Quita el pez pasto, los herbívoros y los carroñeros y te sigue quedando un puñado asombroso de depredadores. No me digáis que esto no es interesante, y lo señalo casi más como amante de los peces y como fotógrafo, que como pescador. Fíjate que en Brasil las especies de mar son 1229 y en España 670 una relación que cambia de manera drástica diría, amén de que muchas de estas especies son compartidas como la Llampuga, Serviola, Atún etc.

Parece ser entonces que en agua dulce tenemos una gran variedad de animales que sin hacer mucho ruido seguro que se dejarían querer por cada uno de nosotros. Hay bichos preciosos, llenos de colores, con morros feroces y escamas brillantes que pelean como hombres, saltan como grillos y si te descuidas te meten un bocado que te dejan con un par de dedos tuneados. A esos me refiero, nuevos contrincantes totalmente desconocidos, un mundo nuevo para explorar que estoy seguro me sorprendería y que finalmente, después de todos estos años de sal e iodo, me he decidido en visitar.

Sin dejar el salitre poco a poco quiero volver a aventurarme allí donde todo empezó – y empecé – volviendo a unas origines de las que la vida misma me había hecho alejar. Me he emocionado hace unos días al volver a hablar con un conocido de viejo pelo que me contaba de carpas y Barbos a spinning, y estoy impaciente por cruzar fronteras para mi primer viaje tropical dulzón, en búsqueda de nuevos amigos. Se hará lo que se pueda y que quede claro, no hay quejas ni pijadas aquí, estoy encantado de lo que he podido catar hasta la fecha y más bien me estoy deseando – en voz alta – un proyecto para el futuro. Por soñar que no falte.

Concurso: edita la foto

Esta semana vamos a hacer un nuevo juego.  Aquí tenéis una foto mía que está completamente sin retocar, así como sale de la cámara. Está en alta definición por lo tanto tiene la máxima calidad que puede conservar una jpeg. Para jugar simplemente debéis descargar la foto y editarla como queráis, en el programa de edición que tengáis quedando prohibido solamente clonar pez y pescadores, modificar su aspecto o empeorarlo. En fin, hay que respetar los dos bichos, el bípedo (Paquito sabes que te quiero) y el que lleva aletas.

Una vez editada me la devolvéis por e-mail y colgaré todas en el blog para que la gente pueda votarlas. Es importante el voto de los demás pero es también importante mi voto porque la foto hay que editarla bien. Hay que tener cuidado con los colores, el ruido, la saturación, el balance de blancos, el horizonte, el contraste etc. Sin embargo, si alguien la quiere convertir en blanco y negro, en sepia o virar los tonos puede hacerlo, pero debería de justificar su elección y explicar, con pocas palabras porque ha decidido darle cierto toque artístico y por lo tanto totalmente respetable.

Si fuese posible me gustaría que cada foto vuelva acompañada por la explicación del proceso de edición con los varios pasos y qué tipo de programa se ha usado.

Al no ser un concurso “serio” tampoco habrá reglas muy estrictas, pero para que todos se queden contentos habrá un premio para la foto que recibe más votos del público y un premio para la que elegiré yo en el caso que no coincidan. La fecha final de entrega de las fotos es el domingo 19 de Mayo. Los premios serán señuelos Molix. ¡Que lo disfrutéis!

¿Ciprínidos? ¿Por aquí?

Estaban por todas partes, a dos palmos de la superficie buscando amor, mejor dicho, sexo. Es lo que pasa, la temporada despierta recuerdos aletargados y el calor rebulle las hormonas, a hombres y animales en partes desiguales. Una vez localizadas decidí hacer un intento, salir del armario y dejarme la piel en algo que un tiempo, lejano diría yo, muy lejano añadirían algunos – las malas lenguas – dominaba con seguridad de espadachín. Aviso el personal y en un pispas salen las herramientas del todoterreno.

Se dispone uno en lugar certero – con tiento y sigilo – en el intento poco probable de no delatar su presencia a pie de orilla por donde cruzan las bestias en tranquilidad y con el alma alegre por el posible sucederse de los eventos. Ya sabemos, a nadie le amarga un dulce, por lo menos el desahogo aquel de quitarse de encima el hinchazón de la paternidad, en fin inútil insistir que os ponéis morbosillos.

Abrir una telescópica es arte antigua, olvidada por la moda de los enchufes “offset” o las cañas de una pieza: frrrrrrssss el rechinar de la fibra rozando a si misma, y acto seguido el diligente menester de alinear las anillas, algo poco más sencillo que escalar el K2 sin oxígeno ni sherpa. Se mide la distancia del flotador con los plomos, un rápido chequeo a los nudos y con un “plofff” se abre el bote de maíz, encargado de esconder el anzuelo. Un ritual del paleolítico, algo olvidado por los cazadores de muestras, que rehúsan de cebos animales o vegetales que se diga.

Un puñado de quicos adelanta el lance, y en pocos segundos el arte está dispuesto para que los peces decidan qué hacer con ello, si ignorarlo o concederle el privilegio de un duelo sin mal parados, con final feliz, Walt Disney docet. Salta el corcho del Viña Tondonia Reserva del 2008, se arma la mesita y como por arte de magia aparecen aperitivos y tres copas tres, para tres amigos tres. Mejor, imposible.

Así me pasé yo una tarde de este puente de Mayo en el que la primavera nos guiñó el ojo, esperemos definitivamente. Estaba aquello rebosante de vida y de colores, la árida tierra de Castilla como nunca jamás había visto. Las aradas sembradas parecían campos de golf tanto dominaba el verde, y donde hubiese un poco de tierra se asomaban flores de mil tonalidades, escoltadas por hierbas altas e hinchadas de salud.

Me lo pasé pipa con las carpas, creo que llevaba sin sacar una desde la adolescencia avanzada, unos dos centenares de años, y me hizo gracias ver que todavía conservo aquel espíritu de chavalín, el mismo que se tiraba horas esperando que sonara una campanilla de la caña de fondo o que se hundiera el flotador, un momento muy apasionante.

La semana que viene toca volver a mojar señuelos en el mar, estoy ya con la cuenta atrás. Con este aire, temperatura y clima me resulta harto complicado quedarme en casa sabiendo que vagabundean por allí animalitos con ganas de jugar conmigo.